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Legalidad versus moralidad

Hoy he estado en un lugar (no diré dónde) en el que se ha planteado un tema que nuevamente ha hecho que note como mi sangre comienza a hervir y a picarme bajo la piel. Desgraciadamente, no era un asunto donde se requiriera mi opinión y aunque nadie me hubiera callado si hubiera decidido intervenir, uno tiene que sopesar siempre si le merece la pena y, en esta ocasión, el silencio era mejor aliado que dejarme llevar por mi indignación. Afortunadamente, no estaba yo sola en este lado del pensamiento y ha habido alguien (no diré quién) que ha puesto voz a mis propios pensamientos. Y, además, lo ha hecho con temple, cosa que he admirado (sobre todo porque, en otras ocasiones, sus formas no me han resultado las mejores y no me gustaron porque me veía reflejada en uno de mis peores defectos).

La legalidad en la mano

La cuestión es que, una vez más, amparándose en la legalidad, se aprueba una situación que, a mi juicio, es inmoral. Y, para colmo, se saca pecho y se ondea una bandera al viento, orgulloso de no haber ido contra la ley. Pero, claro, esa ley que casi todos acatamos porque es lo que hay que hacer, muchas veces no respeta otra ley que es más primitiva, aquella que no se escribe con letras sino con dolor de conciencia. Esa ley primera es la que llamamos ley natural y, como os digo, es la que nos dicta nuestra conciencia. Se supone que las legislaciones en los diferentes estados deben apoyarse sobre las bases de la conciencia. Cuanto más en armonía esté una norma con la ley natural, más justa será esa norma. Pero la historia, antigua y actual, está llena de ejemplos que nos demuestran que esto no es siempre así. Y, no hace falta que nos vayamos a las altas esferas. Si pensamos en nuestras propias circunstancias, en nuestro entorno más cercano, seguro que, a poco pensar, damos con una de estas controvertidas combinaciones. Puede que alguien vea claramente lo inmoral de un asunto y sin embargo, te sonríe con sarcasmo y te dice: “yo me atengo a lo que dice la ley”. ¡Dios, es que hasta escribirlo me da grima!

Podríamos preguntarnos cómo puede ocurrir esto en una democracia. Supuestamente, en una democracia, las leyes se deciden por consenso, por lo tanto deberían estar en armonía con la conciencia de la mayoría. El problema es que la democracia no lo es de verdad cuando no decidimos sobre esas normas, sino que elegimos, la mayor parte de las veces, solo quién queremos que decida por nosotros… Y, si al menos hubiese suficientes alternativas reales, quizás alguna de ellas se parecería de una manera más aproximada a lo que dicta nuestra conciencia, pero la realidad es que lo que suele ocurrir es que elegimos lo que menos malo nos parece. O sea, que desde el momento que elegimos estamos abocados a la decepción, a la frustración y a no comulgar con lo que elegimos. ¡Fantástica la democracia! Bien, la democracia no está mal, disculpadme, el problema vuelve a ser cómo el ser humano es capaz de desvirtuar una buena idea.

En el caso que me ocupa la mente esta tarde, lo que más me reconcome es haber escuchado de boca de estas personas su apoyo rabioso a los manifestantes del 15 de Mayo, compartiendo esa indignación… Y, sin embargo, cuando han de mirar su olla, se olvidan de defender la democracia real  por la que esa multitud ha ocupado las plazas.

"Doble moral"

En esta ocasión, por absurdo que parezca, se ha elegido, pasándose por el forro la democracia, algo que creo que no va a estar mal. Sin embargo, y totalmente de acuerdo con el compañero que  lo ha manifestado, a mí me importa más el tremendo hecho de que no haya sido esa vía la utilizada para conseguir un buen propósito. A mí, en el fondo, lo que me parece es que cuando se elige algo sin ponerlo en la palestra, sin dar a los demás la oportunidad de expresar lo que opinan sobre el asunto, lo que se esconde es el miedo a no ser apoyado, a perder… Y esto, como poco, me suscita desconfianza, puesto que los que han decidido, parece que no confían lo suficiente en su propio proyecto como para debatirlo abiertamente. Entonces, quizás llego a otra pregunta más: ¿es que hay otros intereses que ocultan? Probablemente sí. Y así caigo en la cuenta de que el proyecto ya no es tan bueno… Claro que no se queda ahí la cosa: lo peor es que al final debo concluir que las personas que lo idearon no son lo que pensaba que eran, ni tan limpias, ni tan elegantes, ni tan legales… Bueno, “legales” sí, pero no “morales”.

Quizás os parezca raro toda esta disertación filosófica viniendo de una bióloga, pero creo que ya todos debéis intuir que una persona es mucho más de lo que estudia.  Estaríamos perdidos si solo ocupáramos nuestra mente con ciertos asuntos, sin manifestarnos sobre otros. Antes que licenciada en Biología soy una persona. Me gustó siempre mi asignatura porque encontarba explicación a muchas de las cuestiones que me han interesado y preocupado a lo largo de la vida, pero hay otras muchas cosas sobre las que me preocupo y me pregunto. Desgraciadamente, de la misma manera que no por conocer los síntomas de una enfermedad estoy exenta de padecerla, tener la capacidad de reflexionar sobre conceptos como la moralidad, la legalidad y la conciencia no hacen que se solucionen mis conflictos mentales. Sin embargo, comentarlo con vosotros me da la posibilidad de remover vuestras mentes.   No pretendo que me déis la razón, lo que pretendo es que penséis por vosotros mismos. Me importa esto mucho más que toda la fotosíntesis, potencial de acción o glucolisis que os haya explicado. Me importa más vuestra opinión sobre lo que ocurre en nuestro día a día, porque del hecho de que tengáis opinión propia y desarrolléis vuestra capacidad para expresaros, dependerá que, en esta vida, seáis de los que se dejan llevar por la corriente o de los que, si es necesario, reméis en contra.

Otro día os hablo de bioética, para que veáis que todo en este mundo nuestro está relacionado, por más que tengamos que clasificar, etiquetar y separar para poder abarcar el estudio, lo cierto es que no comprenderemos nada hasta que no integremos cada conocimiento parcial en un todo.

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